El Camino Largo y Recto

Una historia real de mis días de corredor en Mandeville.

En la época en que estudiaba en West Indies College, en Mandeville, Manchester, Jamaica (hoy Northern Caribbean University), solía correr muy temprano en la mañana, alrededor de las 5 a. m. Disfrutaba tener toda la vía para mí, pues no había vehículos a esa hora; tal vez uno o dos algunas mañanas, pero por lo general la carretera era solo mía, salvo por algunos perros en el camino. La primera vez que pasé corriendo por Knockpatrick, desde donde me quedaba con un profesor y su familia, algunos perros se me unieron; creo que estaban aburridos. Yo tenía, por naturaleza, un entendimiento con los perros, así que sabía que correrían detrás de mí hasta cansarse y que, al regresar mientras el sol comenzaba a salir, apenas levantaban la cabeza. Ese ejercicio continuó por unos días, hasta que casi no me prestaban atención.

Una mañana encontré un camino que no había notado antes. Creo que, sin más, miré a la derecha cuando solía mirar a la izquierda en una de las curvas cerca del inicio de mi recorrido. Era un camino de tierra largo, recto y hermoso que, sin yo saberlo, en realidad era propiedad privada: la entrada por donde ingresaban los grandes camiones de Alcan, la empresa de bauxita. No estaba pensando con claridad, ahora que lo pienso, pero no pude resistir la tentación de correr por ese camino. Así que doblé hacia él y seguí corriendo.

Rodeado de perros Doberman
Comencé a disfrutar la carrera, pero vaya sorpresa la que me esperaba. Apenas empecé a subir una leve pendiente, de inmediato me vi rodeado por perros doberman; calculo que tal vez unos ocho, porque me rodearon por completo. Estaban muy silenciosos, sin un ladrido como los otros perros callejeros que, para entonces, ya se habían aburrido de perseguirme. Ni siquiera un gruñido. Luego empezaron a cerrar el círculo lentamente.

Para entonces ya había dejado de correr. No recuerdo qué sentía en ese momento, pero sí recuerdo que comprendí el peligro en el que estaba. De forma instintiva, empecé a chasquear los dedos siguiendo un ritmo. Chas… chas… chas… Tal vez porque había concluido que estaban entrenados, en verdad no lo sé, pero comencé a chasquear los dedos al ritmo.

Entonces dejaron de cerrar el círculo, todos con las orejas erguidas, y se quedaron quietos. Aproveché ese momento para pasar despacio junto a los que tenía más cerca, salir del círculo y seguir caminando de espaldas hacia la entrada, mientras ellos permanecían inmóviles y solo me miraban alejarme poco a poco.

Al llegar a la esquina, retomé mi carrera por la ruta de siempre. Toda la situación fue extraña y, por un rato, quedé sumido en mis pensamientos y agradecido con Dios por mantenerme a salvo. No recuerdo habérselo contado a nadie, en especial al profesor con quien me quedaba, porque temía que me dijera que no volviera a salir a correr. Pensé que lo tenía resuelto: bastaba con quedarme en la ruta de siempre.

He pensado en esa mañana muchas veces desde entonces. Concluí que Dios me guió a chasquear los dedos con el ritmo que me sacó del peligro a salvo. También aprendí que mantener la calma y la cabeza fría me dio lo único que el miedo me habría quitado: una mente clara, el tiempo suficiente para encontrar una salida.

Cuando los perros lo rodeen, no deje que el miedo piense por usted.